Más allá de una Primera Dama: cuando el género define las expectativas
- Carmen Feliu
- Jan 27
- 4 min read
Dra. Lucrecia Peinado, Primera Dama de Guatemala – enero 2026
Desde enero de 2024, luego de asumir el papel de Primera Dama de Guatemala, he tenido la oportunidad de compartir espacios, conversaciones y tiempo con otras primeras damas y con tres primeros caballeros. Esos intercambios me abrieron los ojos a una constatación tan clara como inquietante: las similitudes de este papel son casi absolutas, independientemente del país, su nivel de desarrollo o su sistema político.
En todos los casos, este papel llega cargado de expectativas. Expectativas de la población, de las personas en lo individual, de los medios y del entorno político. Y, sin embargo, en la mayoría de los contextos, esas expectativas no vienen acompañadas de recursos, ni de espacios físicos, ni de estructuras de trabajo, ni de un fundamento legal o institucional claro. Yo misma suelo decir que, formalmente, no existo. No existe el cargo. No existe la función. Pero sí existe el trabajo que se desarrolla, el tiempo invertido, las decisiones que se toman y el impacto —visible e invisible— que ese trabajo genera.
En ese marco he visto a un primer caballero que duda. No duda de su compromiso ni de su vocación de servicio, sino del papel que puede —o debe— ocupar. Su cautela nace de la conciencia de estar en un espacio históricamente femenino, informal y poco delimitado, donde cada paso parece moverse entre el riesgo de excederse y el de desaparecer. Esa duda no es debilidad; es el reflejo de un papel que nunca fue claramente diseñado, pero que siempre ha estado cargado de expectativas y de sentido político y social.
He conocido también a otro primer caballero que ha decidido ejercer el papel con mayor visibilidad, utilizando ese espacio para acompañar causas y prioridades públicas. En su caso, la tensión surge desde la opinión pública, que cuestiona una posible invasión de funciones formales. Esa reacción deja en evidencia una paradoja persistente: durante años, el papel de la primera dama ha sido interpretado desde una lógica asistencialista y, con frecuencia, despolitizada. No siempre ha existido escrutinio, no porque no hubiera incidencia, sino porque se asumía que ese espacio era secundario, casi decorativo, una suerte de prolongación del ámbito doméstico trasladada a lo público. En muchos contextos, se dio por sentado que la mujer que ocupaba ese lugar había “dejado sus tareas” para entretenerse en funciones sociales, y que las acciones emprendidas desde allí carecían de profundidad estructural o de impacto duradero en los grandes problemas sociales.
Esa lectura reduccionista ha contribuido a invisibilizar el trabajo que históricamente se ha desarrollado desde este papel: la capacidad de convocar personas y voluntades, de influir en la opinión pública, de fortalecer la imagen del liderazgo político y de movilizar apoyos en torno a prioridades sociales. También ha ocultado su potencial para canalizar recursos —materiales, institucionales y simbólicos— allí donde el Estado formal no siempre llega, así como su aporte a la cohesión social. A ello se suma un valor menos tangible, pero no menos relevante: el peso simbólico que este papel tiene para otras mujeres, para sus aspiraciones y para la manera en que se imaginan participando en la vida pública.
Cuando ese mismo espacio es ocupado por un hombre, la percepción cambia de forma casi inmediata. Lo que antes se minimizaba o se consideraba irrelevante comienza a ser leído como posible ejercicio de poder intrusivo, y por tanto, como motivo de sospecha, cuestionamiento y debate público. Esta reacción no revela un aumento repentino del poder del papel, sino la persistencia de un sesgo: sólo cuando se rompe la asociación automática entre ese espacio y lo femenino, se vuelve visible que el espacio conlleva el potencial de influencia y de incidencia, aunque no se les nombrara como tales.
Finalmente, he conversado con un primer caballero que ejerce el papel plenamente y con una comprensión profunda de su complejidad. Lo hace con la conciencia clara de que se trata de un espacio históricamente feminizado, sostenido por trabajo simbólico, emocional y de contacto directo con la ciudadanía que rara vez fue reconocido como poder. Su aproximación no busca redefinir el papel ni desempeñarse en un espacio restrictivo, sino habitarlo, entenderlo y usarlo con responsabilidad y estrategia en beneficio de los demás.
Estas experiencias me han confirmado que, aunque en el camino se revelan tensiones, dudas y oportunidades, somos quienes estamos en este papel quienes terminamos dándole forma. Lo hacemos según el margen de maniobra y de diplomacia blanda que el contexto permite, pero también —y sobre todo— en función de nuestras fortalezas personales, nuestras trayectorias, nuestras experiencias y las grandes prioridades sociales que decidimos acompañar.
El desafío no está en quién ocupa el papel, sino en reconocer que este espacio, aún sin existir formalmente, opera en el terreno del poder blando. Un poder informal, no jerárquico, pero real y efectivo. Y mientras no se nombre, ni se piense, ni se comprenda este espacio como uno dotado de estas cualidades, seguirá cargando expectativas desmedidas, apoyadas sobre estructuras inexistentes, subestimadas por los sesgos de género y sostenidas únicamente por la convicción, la ética y el compromiso de quienes lo ejercemos.

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